Las pruebas de esfuerzo

Es recomendable hacerse al menos una.

Desgraciadamente este pasado fin de semana hemos conocido dos percances sufridos por dos deportistas, uno de ellos de élite, en los que una parada cardíaca ha finalizado con la vida de uno de ellos, mientras que el otro se ha logrado recuperar del mismo.

Siguiendo los datos de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), cada año tenemos en nuestro país alrededor de 200 muertes súbitas. El 90% de ellas debidas a causas cardiovasculares, es decir, por anomalías congénitas no diagnosticadas y silentes, arritmias y otras dolencias cardiacas que no se han detectado previamente en un examen médico.

Al margen de los casos de muertes súbitas que saltan a los medios de comunicación porque afectan a deportistas famosos, cada día millones de ciudadanos anónimos practican deporte en España y no están exentos de este riesgo. Ciclismo, atletismo y fútbol son algunos de los deportes donde se registran este tipo de fallecimientos.

La prueba de esfuerzo, un procedimiento muy utilizado en medicina deportiva puede ayudar a prevenir un desenlace fatal, porque permite evaluar la respuesta del organismo durante el ejercicio.

Es una prueba muy útil para averiguar cómo se debe practicar cualquier deporte de forma saludable, o bien lo adapta a las características de cada persona, según su capacidad. Una vez realizada, se puede preparar una rutina de ejercicios para  alcanzar objetivos individuales, siempre según el estado de salud y aptitud física.

La utilidad de la prueba es múltiple: identificar a los deportistas con riesgo, recomendar el programa de ejercicios más adecuado, mejorar el rendimiento físico, incrementar la salud de la persona que practica deporte y planificar la intensidad y el tipo de ejercicio que más le convenga.

Antes de realizar la prueba de esfuerzo, se valoran distintos aspectos, como enfermedades previas, de las cuales se efectúa un historial; los hábitos alimentarios para evaluar si son adecuados; y, mediante la exploración física, se valora el estado del aparato locomotor, la fuerza y la flexibilidad.

La prueba de esfuerzo permite a la persona practicar deporte de forma segura. Pero para que así sea, toda prueba de esfuerzo debe hacerse respetando ciertas normas de seguridad: debe efectuarla personal médico y paramédico cualificado y competente, en un local adaptado, con un equipo en perfecto estado de funcionamiento y correctamente calibrado y verificado, mediante aparatos de vigilancia continua con registradores (en particular, de electrocardiograma con derivaciones múltiples), material de reanimación operativo (un desfibrilador, material de ventilación asistida y medicamentos de urgencia).

La prueba está indicada para cualquier persona. Ahora bien, a aquellas personas que entrenan de forma habitual con una planificación, la prueba de esfuerzo les indicará las frecuencias cardiacas a las que deben efectuar las distintas fases del entrenamiento.

Las pruebas de esfuerzo pueden realizarse en diversos equipamientos. Los más utilizados son el tapiz rodante y la bicicleta ergométrica. La elección de uno u otro se realiza en función de la situación de cada uno y del deporte que desea practicar. En el procedimiento de la prueba pueden emplearse diferentes protocolos. En los deportistas, los más recomendables son los que suponen incrementos progresivos de la carga de trabajo, con un análisis directo del consumo de oxígeno y niveles máximos de esfuerzo.

En cuanto a los parámetros que se evalúan en la prueba de esfuerzo, las recomendaciones de la Sociedad Española del Corazón establecen que es imprescindible realizar un electrocardiograma antes de la prueba, durante el ejercicio y, al menos, durante tres o cinco minutos en el periodo de recuperación.

En las pruebas de esfuerzo a deportistas, el análisis directo de gases inspirados y espirados (la medición del oxígeno consumido y el dióxido de carbono eliminado) permite hacer una determinación exacta del consumo máximo de oxígeno y detectar de manera precisa sus umbrales aeróbico y anaeróbico.

Los umbrales aeróbico y anaeróbico establecen la intensidad idónea de los entrenamientos aeróbicos (rodajes) y anaeróbicos (series), para optimizar el rendimiento del deportista y recomendar ritmos de competición.

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